Desprofesionalizarnos / Deprofessionalize Ourselves

por Gustavo Esteva  desde Unitierra Oaxaca [essay in English Deprofessionalize Ourselves below]

Cuando era niño la palabra ‘necesidad’ tenía sólo una aplicación práctica: cagar. Se usaba cuando mi madre nos decía: “Cuando lleguen a casa de su tío, pregúntenle dónde pueden hacer sus necesidades”. Nosotros hacíamos las ‘necesidades’; no las teníamos. Esta manera de hablar se aplicaba a todo: nuestras ‘necesidades’ se definían por nuestra propia capacidad, nuestras herramientas, la forma como las usábamos, y eran estrictamente personales, imponderables e inconmensurables. Nadie podía medir o definir la relación con mi perro, mis reacciones a la primera novela que leí, mi condición física y emocional cuando tuve un dolor de cabeza, o lo que quería aprender. Por lo tanto, según mi experiencia, todas las necesidades actuales fueron creadas en el transcurso de mi vida; en este periodo se nos transformó en personas necesitadas, medibles y controladas. Los profesionales definieron esas necesidades y nosotros empezamos a ser clasificados de acuerdo con ellas.

Cuando era niño la gente me hablaba a mí. Las palabras eran símbolos, no representaciones o categorías, y sólo una de cada diez de ellas se dirigían a mí como un miembro indiferenciado de una multitud. Cuando crecí, las palabras se convirtieron en términos y la gente me hablaba como a un átomo individual de una clase de gente: niños, delgados, subdesarrollados… de acuerdo con nuestras ‘necesidades’: educación, nutrición, desarrollo.

Si eras clasificado como subdesarrollado, tus “carencias” quedaban claramente identificadas: como careces de los bienes y servicios asociados con el American Way of Life, necesitas desarrollo para tenerlos. Ser subdesarrollado es por supuesto muy humillante. Ya no puedes confiar en tu nariz, porque necesitas confiar en la nariz de los profesionales que te guiarán hacia el desarrollo. Ya no puedes soñar tus sueños, porque ya han sido soñados: ser como ellos, como los desarrollados, y soñar sus sueños. Pero con el desarrollo también viene la fascinación. En los años cuarenta las películas eran  el nuevo entretenimiento. Corríamos cada fin de semana a ver la última película. Y cada fin de semana Hollywood nos  proporcionaba imágenes en que el American Way of Life era lo más cercano al paraíso. Después de descalificarnos como áreas subdesarrolladas, el Presidente Truman ofreció compartir con nosotros todos sus avances científicos y tecnológicos con el fin de alcanzar a los desarrollados. Desarrollarnos, para disfrutar esa clase de vida, se convirtió en algo más que una fantasía o una meta; era una necesidad. La ‘conciencia’ de tal necesidad vino con el conocimiento progresivo de todos los profesionales que la definirían y satisfarían.

A principios de los años setenta, el reconocimiento de que la empresa del desarrollo estaba causando hambre y miseria en todas partes produjo el Enfoque de Necesidades Básicas. Se volvió evidente que no era viable que cada persona del mundo consumiera tanta energía como los norteamericanos: el planeta estallaría por contradicciones ecológicas. Otras características del Amerian Way of Life eran igualmente inalcanzables. Cambió por tanto el objetivo: satisfacer al menos un paquete de ‘necesidades básicas’. No hubo consenso sobre la definición de esas necesidades, pero esta orientación todavía caracteriza la mayoría de los esfuerzos de las instituciones internacionales y los gobiernos nacionales… y dió forma a los Objetivos del Milenio de Naciones Unidas 50 años más tarde.

Profesiones y profesionales se volvieron prominentes en los primeros veinte años de mi vida. La observación irónica: “Tan perfectamente profesional como el luto de un director de funeraria” (Lowell, 1870, OED), se convirtió en un estándar aceptado. Todo mundo me urgía a convertirme en un profesional, como el único camino para ser “alguien” -una muy extraña expresión que escuché una y otra vez, dando a entender que estaba rodeado de “nadies” y yo no debía de ser uno de ellos. 

En el lenguaje común, profesional es en la actualidad un adjetivo, para indicar que algo está bien hecho, y un sustantivo, para aludir a una persona que posee certificación institucional para proporcionar servicios específicos. Un profesional es una persona que puede transformar cualquier situación en un ‘problema’ y ofrecer una ‘solución’, en la que generalmente se le incluye. Estos usos de la palabra ocultan la naturaleza de las profesiones, los profesionales y el profesionalismo en el mundo contemporáneo. En el pasado muchas organizaciones y asociaciones determinaron cómo deberían hacerse ciertos trabajos y por quiénes. Los profesionales añaden a esto normas sobre qué hacer, cómo hacerlo, por quién, para quién y cómo deben cumplirse sus decisiones. Prescriben lo que es correcto y  tienen el poder de definir quién debe estar subordinado a su voluntad y seguir sus instrucciones. La mayoría de los profesionales obtuvieron tal poder de las elites cuyos intereses promovían o apoyaban, pero cada vez más frecuentemente empiezan a controlar incluso a esas élites. Una vez que se asume una necesidad profesionalmente definida, tarde o temprano se convierte en derecho; una vez que ese derecho se establece en la ley y se le garantiza, el poder y los recursos se concentran en los profesionales y las instituciones que proporcionarán los servicios asociados con el derecho -educación, salud, empleos…,- y también gobernarán todo el campo.

Las ‘profesiones liberales’ nacieron en la ‘era liberal’ en el siglo XIX, cuando la libertad fue reconocida como el valor supremo de la vida individual y colectiva. El ‘estado liberal’ fue celebrado como el régimen político comprometido con la garantía de los derechos individuales ante el poder político, a través de la representación política. Antes de mi nacimiento, las ‘profesiones liberales’ gozaban de prestigio social y proporcionaban respaldo ético a sus miembros, quienes vendían sus servicios al mejor postor y se presentaban como personas competentes y humanas dispuestas a apoyar a sus clientes. El término tiene una marca religiosa, que viene del tiempo en que “profesar” era tomar votos religiosos, y un compromiso con la libertad y la independencia, asociado con una actitud abierta, tolerante y generosa y con las artes de los hombres libres. En las décadas de 1940 y 1950, sin embargo, la palabra ‘profesional’ sufrió una importante transformación. El aura religioso y ético de las profesiones liberales fue usado para legitimar a la nueva clase de profesionales, que pretendían ejercer control sobre las necesidades humanas.

Desde un principio, al final del siglo XVIII, la idea de una democracia moderna se percibió como un asunto riesgoso. A Madison y Hamilton, los padres de la constitución norteamericana, les preocupaba mucho dar a la gente común el poder del gobierno; pensaban que si lo hacían la Unión Norteamericana podría disolverse, porque un demagogo o sus enemigos manipularían a la gente y la llevarían a decidir la separación. Por lo tanto, reservaron para una pequeña minoría los hilos principales del poder, en el diseño de una república, no de una democracia, en la cual incluyeron un sistema de representación a través del cual los ciudadanos expresarían su voluntad, aunque no tendrían poder real para hacerla valer. Dicha república fue luego llamada democracia y se convirtió en un modelo universal.

Frenos y contrapesos, con el equilibrio de poderes y muchas otras herramientas, suavizaron y ocultaron la naturaleza despótica de este régimen político. En la última parte del siglo XX se hizo enteramente evidente. Los profesionales hacen la democracia imposible: la sociedad se organizó como una yuxtaposición de dictaduras profesionales. Los profesionales asumieron el poder legislativo, ejecutivo y judicial en su campo.

Catástrofes profesionales, producidas por intervenciones profesionales, dan más poder a la profesión: crisis económicas, producidas por políticas concebidas e implementadas por economistas, obligan a nombrar a más economistas para resolver la crisis; cada vez que un puente cae por errores de los ingenieros que lo construyeron, la alta comisión de ingenieros creada para abordar el problema recomienda más ingenieros para construir puentes…

La democracia como un gobierno de la gente, de hombres y mujeres ordinarios, ya no es posible; carecen de suficiente conocimiento profesional. Y este sistema, como Occupy Wall Street pertinentemente denunció, opera para beneficio del 1%. Cualquiera que haya sido la influencia que la gente tuvo sobre los asuntos públicos y el gobierno en las democracias modernas, se fue disolviendo suavemente a través del profesionalismo. Los profesionales asumieron todas las funciones del gobierno, más allá de cualquier sistema formal de representación o responsabilidad. Ellos, y sólo ellos, tienen el conocimiento y la capacidad para definir normas, aplicarlas y castigar su violación.

El dicho popular “entre abogados te veas”, alude a una maldición: estar en las manos de los abogados era una situación grave. La gente no tenía necesidad de ellos. Caer en las manos de abogados era una maldición porque aquellos con poder político y económico los contrataban para usar la ley para su propio beneficio y contra la gente. Todos vivimos actualmente bajo esa maldición; vivimos entre abogados. La forma tradicional de resolver o transformar conflictos, a menudo a través de la intervención amable y gentil de una persona aceptada e incluso amada por las partes en conflicto, fue transfigurada en un asunto legal cuando se instaló entre nosotros la sociedad litigiosa. Estados Unidos es hoy el modelo supremo: siete de cada diez abogados vivos operan en ese país. Casi todo puede ser transformado en una demanda legal y  comportamientos y reglas institucionales son frecuentemente definidos y practicados en términos de posibles responsabilidades legales…que requieren la intervención de abogados. Estados Unidos tiene actualmente el 25% de los prisioneros del mundo, que además se han convertido en una mercancía muy rentable: corporaciones privadas construyen las prisiones y las administran, con recursos públicos, y ponen a trabajar a los prisioneros en sus negocios.

En 1973, Iván Ilich documentó rigurosamente y denunció el control profesional de la salud por los profesionales de salud convencionales y alternativos, que genera tanto el principal agente patógeno de la actualidad -la búsqueda de la salud- como la iatrogénesis- la enfermedad causada por profesionales de la salud, tratamientos o instituciones. En su libro Némesis Médica: La expropiación de la salud, que produjo un intenso debate y enorme interés, ofreció pruebas sólidas de la contraproductividad de las instituciones de salud y los profesionales. Hoy todo esto es sabiduría convencional y hay pruebas estadísticas de lo que Illich observó. Pero la ‘salud’ definida por la profesión médica se sigue percibiendo como una necesidad, y cada vez más se subordina a la industria de la salud, a las empresas farmacéuticas, donde otros profesionales conciben, diseñan y producen medicinas y tratamientos.

Algunos amigos míos ya han abandonado la profesión que amaban. Me han comentado que ya no podían decirle a sus pacientes la verdad, lo que realmente piensan acerca de su condición. Deben aplicar las normas médicas prescritas, incluso cuando piensan que no son adecuadas para un paciente específico o en general. Si algo ocurre quedará expuesto a un proceso legal que puede arruinarlo. La combinación de profesionales de la ley con los de la salud es cada vez más contraproductiva y en algunos casos resulta catastrófica…pero es cada vez más poderosa, precisamente por la clase de desastre que ha creado: se asume que sólo el profesional tiene el conocimiento, la capacidad, las habilidades y el poder para superarlo.

Hacia finales del siglo XVIII la Iglesia ya no tenía el control de lo que podía pensarse, pero Dios estaba todavía en el centro de la explicación general del universo. Fue finalmente posible afirmar con orgullo el poder explicativo de la ciencia. Como sustituto de Dios, la ciencia adquirió un aura religiosa, metafísica. La palabra ciencia ocupó el lugar de la palabra Dios. Como escribió Alexander Pope:

La naturaleza y sus leyes yacían en las tinieblas.
Dijo Dios: “Hágase Newton”, y todo quedó iluminado.
 (1)

Los científicos usan a menudo palabras del lenguaje ordinario para designar las categorías de sus experimentos. Esas palabras, transformadas así en términos, tienen una virulenta capacidad colonizadora cuando regresan al lenguaje ordinario, generando a menudo una fe confusa, profusa y difusa. El uso común de la palabra “energía” ilustra bien el caso. Pocas veces se usa con su significado original, cuando se habla, por ejemplo, de una persona enérgica, llena de vigor y vitalidad. La mayoría de la gente que usa actualmente la palabra no puede definirla, pero está segura de que los profesionales pueden dar la definición exacta. Cuando la gente oye que se trata de la masa por el cuadrado de la velocidad, no sienten conexión alguna con la ecuación: no es eso de lo que hablaban cuando se referían al costo de la gasolina o la energía renovable. Para la mayoría de la gente, la energía es un misterio en que deben creer aunque no puedan entenderlo, como los misterios religiosos.

 Los profesionales actúan como los sumos sacerdotes del conocimiento científico y en esa calidad realizan su actividad más dañina: inhabilitar a la gente, descalificar su saber, y siempre que les es posible prohibir el uso y la aplicación de los saberes vernáculos y la sabiduría popular. El despojo es precondición de la necesidad. El cercamiento de los ámbitos de comunidad con el que nació el capitalismo consistió en despojar a los comuneros de sus espacios propios y los transformó en personas necesitadas de techo, alimento y empleos. No necesitamos aire para respirar…a menos de que se nos prive del que tenemos. La gente necesita a los profesionales una vez que se les ha despojado de su propia capacidad. Esto es exactamente lo que se hizo en los últimos 50 años, al establecer el profesionalismo en la ley, en la práctica, y particularmente en la conciencia general. Vivimos ahora, como Illich advirtió, en la Era de las Profesiones Inhabilitantes.

En 1972 el Club de Roma propuso límites al crecimiento económico, en vista de los daños al ambiente que causaba la producción de bienes materiales. Casi inmediatamente, Illich sugirió que los servicios profesionales serían más dañinos a la cultura que los bienes materiales al ambiente. Identificó algunas minorías silenciosas que resistían la dominación profesional y su naturaleza insidiosa, la forma en que socava el tejido social e inhabilita las capacidades de la gente de vivir a su manera.

A principios de los años ochenta se cobró mayor conciencia de los fracasos de la empresa del desarrollo y la locura de adoptar una definición universal de la “buena vida”. La idea del posdesarrollo empezó a circular: en todas partes la gente empezó a reivindicar sus propias maneras factibles de vivir bien. Cuando me invitaron a discutir el futuro de los estudios sobre desarrollo en la conferencia de 1985 de la Sociedad para el Desarrollo Internacional, en Roma, sugerí que estaba en la arqueología: sólo una mirada arqueológica podría explorar las ruinas que dejaba el desarrollo. Lo veía en mi pasado, ya no en mi presente y aún menos en mi futuro.

Con una mirada arqueológica he estado explorando esas ruinas en mi mundo, en la base social, un mundo de campesinos, pueblos indios y marginales urbanos. En ese mundo, la huella de los profesionales es enteramente evidente y casi siempre devastadora. Todos nuestros lindos pueblos muestras las señas del “avance” que dejaron ingenieros y arquitectos: casas sin terminar, con varillas floreadas para construir un día el segundo piso, en las cuales la gente ya no puede dormir la mitad del año, porque parecen estufas en la estación cálida, o casas que se caen en los terremotos porque las paredes de adobe fueron “reforzadas” con castillos de cemento, y así todo lo demás. Si estoy en una comunidad discutiendo un conflicto agrario con los vecinos, un anciano irá a su choza y me traerá el documento que les dio la Corona Española para certificar la propiedad de esa tierra; no lo pueden leer, por ser analfabetos, y yo tampoco puedo leer esa jerga jurídica del siglo XVII. Pero el gobierno mexicano reconoce ese viejo documento, y ahora los comuneros tienen que acudir a un abogado en caso de problemas en sus linderos, problemas que antes sólo requerían algunas conversaciones y una fiesta. En muchos pueblos, las parteras se han vuelto clandestinas; a pesar de su sabiduría y experiencia, el sistema médico les prohíbe practicar su oficio.

La rebelión de los años ochenta adquirió plena forma en los noventa.

En estos años de miedo global ha escrito el poeta uruguayo Eduardo Galeano, quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo de comer. A pesar de la capacidad técnica para alimentar bien a cada habitante del planeta, casi mil millones de personas se irán esta noche a la cama con el estómago vacío; el hambre está de nuevo entre nosotros, como una plaga. Y existe ahora creciente conciencia de que nuestros cuerpos están siendo infectados por las toxinas que contienen los alimentos que compramos, incluso cuando tratamos de evitar lo que se llama con toda propiedad “comida chatarra”. La gente sabe ya que no puede esperar que los gobiernos y las instituciones internacionales, que crearon el desastre actual, puedan resolverlo. Menos aún lo harán las corporaciones privadas que dominan el mercado de alimentos. Cada vez más, la gente siente que necesita tomar el asunto en sus manos. Y es exactamente lo que está haciendo.

Vía Campesina es una de las más grandes organizaciones de la historia. Cientos de millones de personas, de un centenar de países, están activamente involucradas en definir por sí mismas qué comer y en producirlo, redefiniendo así la soberanía alimentaria y oponiéndose a los alimentos concebidos y definidos profesionalmente. En la actualidad, pequeños campesinos, principalmente mujeres, alimentan al 70% de la población del mundo. El agronegocio, que posee u ocupa más de la mitad de los recursos alimentarios del mundo, alimenta sólo al 30%.

Más del 60% de la población mundial vive actualmente en las ciudades; no es posible que su alimentación dependa enteramente del campo. La producción urbana de alimentos es ya epidémica. Cuba demuestra su potencialidad: se produce en La Habana 60% de lo que ahí se come. Los ejemplos abundan. The Urban Homestead está localizado en un típico lote urbano de Pasadena, California. En poco más de 300 metros cuadrados producen 3,000 kilos de vegetales, 2,000 huevos, 25 kilos de miel y ahorros de 75 000 dólares. Jules Dervaes, uno de los fundadores del colectivo, considera que “cultivar alimentos es una de las más peligrosas ocupaciones en la Tierra…porque implica el riesgo de conquistar la libertad”.

Un número creciente de personas están “sanando de la salud”, en todas partes, al romper su dependencia de los sistemas de salud en sus países y resistir la dictadura de la profesión médica y de las compañías farmacéuticas. De hecho, la gente está abandonando los sustantivos que definen necesidades: alimento, educación, salud… Usan de nuevo los verbos: comer, aprender, sanar, reivindicando así la capacidad autónoma de concebir por sí mismas en qué consiste vivir bien y hacerlo realidad. No hay en esto fundamentalismo o sectarismo, sino estricto realismo en el camino de la emancipación. En todas partes, un número creciente de personas, cientos de millones, quizás miles de millones, están practicando la libertad de aprender, después de experimentar las limitaciones, frustraciones y fracasos de los sistemas creados en nombre del derecho a la educación. La Universidad de la Tierra en Oaxaca es sólo un ejemplo de las formas que se emplean en la actualidad para romper los lazos con la pedagogía occidental.

El mejor ejemplo de la era postprofesional es sin duda el de los zapatistas. Por más de 20 años han estado construyendo su forma autónoma de vivir. No aceptan fondos del gobierno, lo que les permite estar libres de profesionales. Sus niños y niñas aprenden libremente en lo que todavía llaman “escuelas”, aunque no existe un sistema zapatista de educación. Tienen magníficas clínicas, con rayos X y equipos de ultrasonido. Las visitan más los no zapatistas, porque las consideran mejores que las públicas o las privadas; los zapatistas ya no necesitan tanto acudir a ellas…porque están sanos, tras 20 años de prevención autónoma, con el apoyo de curanderos tradicionales y promotores de salud de las propias comunidades, y porque tienen una vida sana. Son básicamente autosuficientes en la producción de alimentos y en lo que necesitan para tener una vida gozosa. En su sistema autónomo de gobierno, personas ordinarias, algunas muy jóvenes, ocupan las más altas posiciones en sus organismos colectivos, en que se gobierna por consenso y con un sistema muy sofisticado de justicia autónoma. Los zapatistas han roto las cadenas del profesionalismo y son una prueba viviente de la importancia de eliminar todas las formas de la dictadura profesional en el camino a la emancipación.

Mi padre murió cuando tenía 16 años. Tuve que trabajar como office-boy, en un banco, para el sostenimiento de la familia. (No había mucho más que pudiera hacer tras mis estudios de preparatoria). Al mismo tiempo, comencé a estudiar una nueva profesión. Me prometieron que estaría en el centro de la épica del desarrollo, contribuyendo a cocinar el pastel rojo, blanco y azul y a distribuirlo: dar buenos servicios a la comunidad, buenas condiciones a los trabajadores y buenas utilidades a los accionistas. Tuve una carrera muy exitosa. Fui Jefe de Personal en Procter & Gamble antes de cumplir los 20 años. Fui más tarde el ejecutivo más joven de la historia de la IBM y poco después tenía buen ingreso y prestigio en mi propio bufete profesional. Pero me corrieron de Procter y de IBM, porque me negué a hacer lo que me pidieron: violar la ley en perjuicio de los trabajadores y engañar a la comunidad. No estaba en el centro, como me habían prometido, sino a un lado, y no el mejor lado. Me di cuenta de que no podía vivir con decencia dentro de una corporación privada. Abandoné mi profesión cuando tenía 24 años.

Tratar de ser yo mismo se convirtió en el desafío más grande de mi vida. Una profesión no es sólo una colección de habilidades y un conocimiento específico; una profesión te moldea. Desprofesionalizarse no es sólo desaprender lo que se aprendió para ser un profesional; es una especie de suicidio: necesitas disolver tu propio ser, a fin de abandonar las actitudes y comportamientos que vienen con la profesión. Desprofesionalizarme requirió mucho más tiempo que el necesario para aprender a ser un profesional. Décadas después descubro aún en mi vida cotidiana gestos y actitudes que vienen con esa fase de mi vida en que me endoctrinaron de una cierta manera.

Ha llegado el tiempo de desprofesionalizar nuestras vidas, nuestras sociedad. Basta ya de depender de la dictadura profesional. Pero no será fácil. Los cárteles profesionales ocupan posiciones muy importantes de poder económico, tecnológico, científico y político, y muchas personas están enteramente subordinadas a sus normas e instrucciones. Pueden sentirse en estado de completo abandono si carecen de la “protección” de los servicios profesionales, por medio de seguros públicos o privados. Pueden sentirse desorientados si no reciben una guía profesional apropiada en su trabajo, su vida cotidiana y sus predicamentos: cómo ser padres, cómo tener un parto, cómo sanar, como trabajar con madera, cómo tocar un instrumento, escribir un poema, sembrar una semilla… Pero los millones que comparten un rechazo común a los servicios profesionales y resisten todas las formas de la dominación profesional sorprenden continuamente a los profesionales. Se están convirtiendo en una fuerza política muy activa. Como Iván Illich observó hace 50 años, “las ventajas de una austeridad gozosa, escogida por uno mismo, tendrá peso y forma política sólo cuando se combine con una teoría general que ponga la libertad, dentro de límites escogidos públicamente, por encima de las demandas para conseguir paquetes de ‘derechos’ cada vez más costosos” (Disabling professions, 1977:39).

La sociedad post-profesional ya nació. La han creado hombres y mujeres libres, en el vientre de la antigua. Emplean herramientas contemporáneas “respetuosamente constreñidas”, como Iván sugirió. Es posible encontrar entre los zapatistas celulares, computadoras, bicicletas, estaciones de radio, ambulancias y muchos otros productos industriales. Pero saben limitar su empleo. En vez de una sociedad económica e industrial, han sido capaces de construir una sociedad organizada en torno a la premisa de la suficiencia, en vez de la escasez; el valor de uso, en vez del valor de cambio; la libertad, en vez de los derechos; y la ontonomía/autonomía, en vez de la heteronomía.

Gustavo Esteva, San Pablo Etla, septiembre de 2016

 Notas:

(1)  Traducción libre de: Nature and Nature’s laws lay hid/in night:/God said: Let Newton be! – and/all was light. / It did not last: the devil, shouting/”Ho/Let Einstein be”, restored the/status quo. El primer poema, llamado “21 de marzo”, habría sido escrito en 1727 por Alexander Pope como epitafio de Newton (aunque éste, según parece, murió el 31 de marzo). 200 años después, el poeta inglés John Collins Squire escribió su continuación: Pero no duró mucho. El diablo gritó: “Hágase Einstein.” / Y todo quedó de nuevo como estaba.

Deprofessionalize Ourselves 

by Gustavo Esteva from Unitierra Oaxaca  [ensayo en español arriba]

When I was a child the word ‘need’ had only one practical application: shitting. It was used when my mother told us: “Once you arrive in your uncle’s house, ask him where you can take care of your needs”. We took care of ‘needs’; we did not have them. This way of talking applied to everything: our ‘needs’ were defined by our own capacity, our tools, the way we used them, and were strictly personal, imponderable and incommensurable. No one could measure or define my relation with my dog, my reactions to the first novel I read, my physical and emotional condition when I got a headache or what I wanted to learn. When I was a child, people talked to me. Words were symbols, not representations or categories, and only one of every ten of them addressed me as an undifferentiated member of a crowd. As I grew, words became terms and I was addressed as an individual member of a class of people: children, skinny, underdeveloped…according to our ‘needs’: education, nutrition, development…

It is thus in the course of my lifetime that all current needs were created and we all were transmogrified into needy, that is people measured and controlled people according to their needs defined by professionals. The ironic observation: “as perfectly professional as the mourning of an undertaker” (Lowell, 1870, OED), became an accepted standard.

Professions and professionals rose to prominence in the first twenty years of my life. I was urged to become one of them, as the only way to be “someone” – a very strange expression I heard time and again, implying that I was surrounded by “nobodies” and I should not be one of them.

If you are designated as underdeveloped, your “lacks” are identified: lacking the goods and services associated with the American Way of Life; you need development that will satisfy those needs. To be underdeveloped is of course very humiliating. You can no longer trust your senses, because you need to trust the senses of the professionals that will guide you to development. You can no longer dream your dreams, because they are already dreamt: to be like them, like the developed; to dream their dreams.  But development also comes with fascination. In the 1940s movies were the new entertainment. We rushed every weekend to see the latest film. And every week Hollywood provided pictures in which the American Way of Life was the thing closest to paradise. After disqualifying us as underdeveloped areas, president Truman offered to share with us all their scientific and technological advances in order to catch up with them. To develop, to enjoy that kind of life, became more than a fantasy or a goal; it was a need. The ‘awareness’ of such a need came with the progressive knowledge of all the professionals that can define and satisfy it.

In the early 1970s, the recognition that the development enterprise was causing hunger and misery everywhere produced the Basic Needs Approach. It was recognized that it was unfeasible that every person on Earth consume as much energy as the average American: the planet would explode from ecological contradictions. Other aspects of the American Way of Life were equally unreachable. Thus, the goal became to satisfy at least a package of ‘basic needs.’ There was no consensus about the definition of those needs, but such orientation still characterizes most development efforts of international institutions and national governments…and shaped the UN Millennium Goals 50 years later.

In common parlance, professional is today an adjective, to indicate that something is well done, and a noun, to allude to a person certified to provide specific services. A professional is a person that can transform any situation into a ‘problem’ and offer a ‘solution,’ in which he or she is usually included. These uses of the word hide the nature of professions, professionals, and professionalism in the contemporary world. In the past, many different organizations and trade associations determined how certain works should be done, and by whom. Professionals added to this the command about what to do, how it should be done, by whom, for whom and how their decisions will be enforced. They prescribe what is right and they have the power to define who must be subordinated to their will and follow their instructions. Most professions got such power from elites whose interests they promoted or supported, but soon they began to control even those elites. Once a need professionally defined is assumed, sooner than later it becomes a right; once a right is established and guaranteed by law, power and resources are concentrated in the professionals and institutions that will provide the services associated with the right –education, health, jobs- leaving it to them to also rule the whole field.

The ‘liberal professions’ were born in the ‘liberal era,’ in the XIX century, when freedom was recognized as the supreme value of individual and collective life. The ‘liberal state’ was celebrated as the political regime committed to guarantee individual rights before political power through political representation. Before I was born, ‘liberal professions’ enjoyed social prestige and provided ethical backing for their members, who were selling their services to the highest bidder and presenting themselves as competent and humane people ready to support their clients. The term itself carried both a religious imprint, from the time in which “to profess” was to take vows of religion, and a commitment with freedom and independence, associated with an open, tolerant and generous attitude and with the arts of free men. In the 1940s and 1950s, however, the word ‘professional’ suffered an important transformation. The religious and ethical aura of the liberal professions was used to give legitimacy to the new class of professionals, a trained phalanx claiming control over human needs.

From the very beginning, at the end of the eighteenth century, the idea of modern democracy was perceived as risky business. Madison and Hamilton, the fathers of the American Constitution, were afraid of giving to common people the power of government. The American Union may dissolve, they thought, because a demagogue or its enemies might manipulate the people. They thus reserved for a small minority the main threads of power, in the design of a Republic, not a democracy, that included a system of representation through which ordinary people could express their will. Such a republic was later called democracy and became the universal model. Checks and balances and many other tools were created to soften and hide the despotic nature of this political regime. In the last part of the twentieth century the despotic nature of representative democracy and the ‘liberal state’ have become entirely evident. The professions made democracy impossible: society has been organized as a juxtaposition of professional dictatorships. Professionals assumed legislative, executive, and judiciary power in their field. Professional catastrophes, produced by professional intervention, gave more power to the profession: economic crisis, produced by policies conceived and implemented by economists, forced the appointment of more economists to solve the crisis; whenever a bridge fell, due to mistakes by engineers managing the construction, the  professional association of engineers created to address the problem recommended more engineers to implement and supervise the construction of bridges… Democracy as a government of people, of ordinary men and women, was no longer possible; they lacked sufficient professional knowledge. And this system, as Occupy Wall Street pertinently denounced, operates for the benefit of the 1%. Whatever influence ordinary people had on public affairs and the government, in modern democracies, was softly dissolved through professionalism. Professionals assumed all functions of government, beyond any formal system of representation or accountability. They, and only they, have the knowledge and competence to define norms, apply them and punish their violation.

The popular saying, “Entre abogados te veas”, “to be among lawyers you will be seen”, alluded to a curse: to be in the hands of lawyers was a serious predicament. People had no need of them. To fall into the hands of lawyers was a curse because those in economic and political power hired them to use the law for their own benefit and against the people. We all live today under the curse. The very traditional way of solving or transforming conflicts, often through the friendly and gentle intervention of a person accepted and even loved by both parties in conflict, was transmogrified into a legal affair when the litigious society took hold. The US is today the supreme model: seven of every ten lawyers alive operate in that country. Almost everything can be transformed into a lawsuit and all kinds of behaviors and institutional rules are currently defined and practiced in terms of potential liabilities…requiring the intervention of lawyers. The US has today 25% of the prisoners on Earth and they have become a very profitable commodity: private corporations build the prisons and administer them, with public resources, and put to work the prisoners for their businesses. 

In 1973, Ivan Illich rigorously documented and denounced the professional control of health by both conventional and alternative health professionals, generating both, the main pathogenic agent today –the pursuit of health- and iatrogenesis –the disease caused by health professionals, treatments, or institutions. His book, Medical Nemesis: The Expropriation of Health, produced intense debate and enormous interest, offering solid proofs of the counterproductivity of health institutions and professionals. Today all this is conventional wisdom and there are statistical proofs of what Illich observed. But health is still perceived as a need, as defined by the medical profession, and is increasingly subordinated to the health industry, the pharmaceutical companies, where other professionals conceive, design, and produce costly medicines and expensive treatments.

Some friends of mine have already abandoned the profession they loved. They tell me that they can no longer tell their patients the truth, what they really think about their condition. They must apply the prescribed medical standards, even when they think they are not appropriate for a specific patient or in general. If something happens, they are exposed to a legal process that could potentially ruin them. The combination of legal and health professionals is increasingly counterproductive and even in some cases catastrophic…but ever more powerful, precisely for the kind of mess they have created: it is assumed that only the professional has the knowledge, capacity, skills and power to overcome it.

The professional ascension to power and control has been facilitated by the scientific religion: the generalized belief that the modern scientific-technological system is the best way of knowing humanity. Serious scientists know well the limitations of their trade; they know well that they only produce provisional hypothesis, usually constructed after taking away from reality the phenomena they study. All scientific ‘facts’ are constructed and subjective, informed by the subjects constructing or adopting them.  Yet, scientific ‘truths’ are accepted as dogmas in the real world.

Laplace’s ability to accommodate to the changing political circumstances of his time is well known. Napoleon was sixteen years old when he took math classes with Laplace. As soon as he was crowned emperor, Laplace gave him the first two volumes of his work and asked for an opportunity to present to him his new astronomic theories. Once he concluded, Napoleon expressed his surprise: God was not included in them. “Sire, I don’t need such hypothesis,” would have answered Laplace.

It is irrelevant if the exchange between the two really happened or is mere legend, as Stephen Jay Gould suspects. But the famous phrase, usually included in textbooks in primary schools, is an effective way to describe the changes in the time of Laplace and Napoleon. At the end of the eighteenth century the Church was no longer in control of what could be thought, but God was still at the center of the general explanation of the universe. In the time of Laplace and Napoleon science displaced God. It was finally possible to proudly affirm the explanatory power of science. As a substitute for God, science took a religious, metaphysical aura. The word of science occupied the place of the word of God. As Alexander Pope wrote:

Nature and Nature’s laws lay hid
in night:
God said: Let Newton be! – and
all was light. (1)

Scientists often used ordinary words to name their categories and experiments. Those words, transformed into terms, have a virulent, colonizing capacity when they return to ordinary language often generating a confused, profuse, and diffuse faith. The common use of the word ‘energy’ illustrates the case. It is rarely used with its original meaning, which probably led Helmholtz and others to use that specific word for their scientific constructions. Most people today using the word ‘energy’ cannot define it, but are convinced that the professionals can do that with precision. When they hear that it is mc2 they are disconcerted: it is not really what they wanted to talk about in discussing the cost of gasoline or renewable energy. For most people, ‘energy’ is a mystery in which they must believe even if they cannot understand it…like the religious mysteries.

Professionals operate as the bearers of scientific knowledge and with that capacity perform their most damaging activity: disabling people, disqualifying their knowledge, and whenever possible forbidding the use and application of people’s skills and wisdom…. Dispossession is the precondition for a need. The enclosure of the commons transformed the commoners into people in need of shelter, food, and jobs, after they were dispossessed of their commons. We have no need of air unless we are deprived of it. People need the professionals once they are dispossessed of their own capacity. That is exactly the operation performed in the last fifty years, establishing professionalism in the law, in practice, and particularly in the general conscience. We are living, as Illich warned, in the Era of Disabling Professions.

In 1972 the Rome Club proposed limits to economic growth, in view of the damages to the environment that would be done by the production of material goods. In the same moment, Illich suggested that professional services would be even more harmful to culture.  He identified some silent minorities resisting professional dominance and its insidious nature, the way in which it undermines the social fabric and disables people’s capacities to live in their own way.  Similarly, Foucault drew our attention to the insurrection of subordinated knowledges. For him, the question was not changing people’s consciousness –or what’s in their heads- but engaging the political, economic, institutional regimes in service of the production of truth. He also observed that the juxtaposition of erudite and empirical knowledge was generating historical knowledge of struggle.

In the early 1980s there was increasing awareness of the damages and failures of the development enterprise and the foolishness of adopting a universal definition of the good life. The idea of post-development started to circulate: people everywhere were reclaiming their own, feasible ways of living well. , Invited to discuss the future of development studies at the 1985 conference of the Society for International Development in Rome, I suggested it lied in archeology: only an archeological eye could explore the ruins left by development. I was seeing development in my past, not in my present and even less in my future.

With an archeological eye I had been exploring those ruins in my own world, at the grassroots, a world of campesinos, indigenous people and urban marginals. In that world, the footprint of professionals was entirely evident and mostly devastating. All our once beautiful villages showed the signs of advancement left by engineers and architects: unfinished houses where the people could no longer sleep half of the year because they became like ovens in the hot season, or houses collapsing in an earthquake because their adobe walls were “reinforced” with cement pillars, and so on and so forth. If I were in a village discussing an agrarian conflict with the neighbors, an elder would bring from his hut an old document they could not read, given to them by the Spanish crown; I could not read it either, since it was written with juridical jargon of the  seventeenth century. But the Mexican government recognized it, and once it was acknowledged by the state the villagers were forced to call a lawyer to fix a problem that in the past required some conversations and a fiesta… In many villages, midwives and other traditional healers were often forced to become clandestine: the medical system forbade them to practice, in spite of their wisdom and expertise…

The rebellion of the 1980s took full shape in the 1990s.

In these times of global fear, observed the Uruguayan poet Eduardo Galeano, “whoever doesn’t fear hunger is afraid of eating.” In spite of the technical capacity to feed every person on Earth, almost a billion people go to bed every night with an empty stomach; hunger is again among us, as a plague. And there is increasing awareness that our bodies have been infected with the toxins embedded in the food we buy, even if we try to avoid what is properly called “junk food.” People now know that they cannot expect that governments and international institutions, which created the current mess, will overcome it. Even less can they expect that the CEOs of Monsanto or Wal-Mart will have a kind of moral epiphany any time soon and instruct those corporations to do the opposite of what they are doing. People increasingly feel that they need to take the matter into their own hands. And that is exactly what they are doing.

Via Campesina is one of the biggest organizations in the history of humankind.  Hundreds of millions of people, in a hundred countries, are actively engaged in defining by and for themselves what to eat and how to produce it.  They redefined food sovereignty, opposing professionally defined and produced food. And the fact is that small farmers, mainly women, today feed 70% of the people on Earth. Agribusiness, owning or occupying more than half of the food resources of the world, feed the other 30%.

Today more than 60% of the people on Earth live in cities; they cannot be fed only by rural production. The urban production of food is becoming epidemic. Cuba demonstrates its potential: ordinary people produce today in La Havana more than 60% of what they eat. Good examples are everywhere. The Urban Homestead is located on a typical urban lot, in Pasadena, California, with only 1/10 of an acre of land to grow food. It produces annually 6,000 lbs. of produce, over 2,000 eggs, 25-50 lbs. of honey, and over $75,000 in savings. Jules Dervaes, a co-founder of the collective, considers that “growing food is one of the most dangerous occupations on the face of this Earth.”, “because,” she explains, “you’re in danger of becoming free.” This same feeling is shared by the thousands engaged in arrangements between urban consumers and farmers, which apparently started in Japan, became popular in Germany and constitutes today a kind of epidemic in the US and Canada.

People are ‘healing from health’ everywhere, that is, they are breaking their dependence on the health system of their countries and resisting the dictatorship of the medical profession and the pharmaceutical companies. In fact, everywhere, more and more people are abandoning the use of nouns defining needs: food, education, health… They are using again verbs: eating, learning, healing…thus reclaiming agency to conceive by themselves what is to live well…and how to do it. This is not fundamentalism or sectarianism, but strict realism in the path to emancipation. Everywhere, for example, an increasing number of people, millions, probably billions, are practicing the freedom to learn, after experiencing the limitations, frustrations and failures of the systems created in the name of the right to education.

Luis Arévalo learned his trade as a shoemaker with his father, in Tepito, a barrio in downtown, Mexico City. At a very young age he left the family home to work in one of the biggest shoe factories in Mexico. After many years, he reached the position of Shoemaker Master, which was in the factory even more important than the general manager: there are many people who can perform the functions of management, but very few that really know the art of shoemaking. In spite of the prestige and high income derived from that position, Luis abandoned his job to create the Free Shoemaking Shop of Tepito, in order to share his skills with young Tepiteans and regenerate the art of shoemaking. Invited by the Zapatistas as an advisor in their negotiations with the government, Luis shared his ideas and agreed to collaborate with them. He supported the establishment of seventeen workshops to produce shoes in Zapatista communities, often bringing young Zapatistas to Tepito to learn the trade. He was recently invited to the inauguration of the 18th –in which he did not participate. “The seed is there”, he said; “now they know not only how to produce shoes but also how to multiply and enrich the art of shoemaking”. The Zapatistas are currently producing all the shoes they need for different purposes and sell some in the local market.

The best example of the Postprofessional Age is perhaps the Zapatistas. For more than  twenty years they have been constructing their autonomous way of living. They don’t get any funds from the government, and this allows them to be free of professionals. Their children are freely learning in what they still call ‘schools’, but there is no Zapatista system of education. They have magnificent clinics, with X-rays and ultrasound equipment. These clinics are currently visited by non-Zapatistas more than by Zapatistas.  They don’t need them: 20 years of autonomous prevention, with the support of traditional healers and healthy lives make it unnecessary to visit the clinics. They are basically self-sufficient in the production of food and most of what they require for their delight in living. In their autonomous system of government, ordinary men and women, some of them less than twenty years old, occupy the highest position of government, where they ‘govern by obeying’ and operate a very  sophisticated system of justice. The Zapatistas have openly broken the chains of professionalism and are living  proof of how important it is to eliminate all shapes of professional dictatorship in the path to emancipation.

My father died, when I was sixteen years old. I began to work as an office boy in a bank for the sustenance of my family. At the same time, I began to study a new profession. I was promised that I would be at the center of the epic of development, contributing to cook the cake and to distribute it: delivering good services to the community, good conditions to the workers and good profits to the stakeholders. I had a very successful career. I became Personnel Manager in Procter & Gamble before I was twenty years old. Later, I was the youngest executive ever for IBM and even later I also earned very good income and garnered prestige in my own professional bureau. But I was fired from Procter and IBM, because I refused to do what they asked me to do. It was clear that I was not at the center, but on one side, and not the best side. I realized I could not have a decent life in a private corporation. I abandoned my profession when I was 24 years old.

Trying to be myself became the most serious challenge of my life. The profession is not only a collection of skills and specific knowledge; it shapes you. To de-professionalize is not only to de-learn what you learned to become a professional; it is a kind of suicide: you need to dissolve your own self, in order to scrub it of all the attitudes and behavior associated with the profession. To de-professionalize myself required a lot more time than the time I spent in becoming a professional. And decades later I still discover in my daily life some gestures or attitudes that come from that phase of my life.

Yes, the time has come to de-professionalize our lives, our societies. Enough is enough. It will not be easy. The professional cartels occupy very strong positions of economic, technical and political power and many people are still entirely subordinated to their norms and instructions. They may feel in a state of complete neglect if they don’t have the ‘protection’ of professional services, through public or private insurance. They may feel disoriented if they don’t get appropriate professional guidance in their work, their daily life, their predicaments: how to be parents, or get a baby, or heal, or write a poem, or sow a tree… But the millions who share a common rejection of professional services and resist all forms of professional dominance continually surprise the professionals. They are becoming a very active political force. As Ivan Illich observed fifty years ago, “the advantages of self-chosen joyful austerity evidenced by these people will acquire political form and weight only when combined with a general theory that places freedom within publicly chosen limits above claims for ever more costly packages of ’rights.’”. (Disabling professions, 1977:39).

The post-professional society has already been born. Free men and women have been creating it, in the womb of the old. They use contemporary tools “respectfully constrained”, as Ivan suggested. You can find among the Zapatistas cellular, computers, bikes, radio-stations, ambulances, and many other industrial products. But they know how to limit their use. Instead of an economic, industrial society, they have been able to construct a society organized around the premise of sufficiency, instead of scarcity; use-value, instead of exchange-value; freedom, instead of rights; and ontonomy/autonomy, instead of heteronomy. 

Gustavo Esteva, San Pablo Etla, September 2016

Note:

(1)  Nature and Nature’s laws lay hid/in night:/God said: Let Newton be! – and/all was light. / It did not last: the devil, shouting/”Ho/Let Einstein be”, restored the/status quo. The first poem was written in 1727 by Alexander Pope as Newton’s epitaph. 200 years later, the British poet John Collins Squire wrote its continuation.

 

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