Convirtiéndonos en Gente de Maíz / Becoming Corn People

–por Robin Wall Kimmerer  (Sep 7, 2017) [English below]

La historia de nuestra relación con la Tierra está escrita con más veracidad en la tierra que en una página. Dura mucho tiempo ahí. La tierra recuerda lo que dijimos y lo que hicimos. Las historias son unas de nuestras herramientas más potentes para restaurar la tierra, así como nuestra relación con ella. Necesitamos desenterrar las viejas historias que viven en un lugar y comenzar a crear otras nuevas, porque no sólo somos narradores de las historias sino que también las hacemos. Todas las historias están conectadas, las nuevas tejidas de los hilos de las viejas. Una de las historias de l@s antepasad@s que espera ser escuchada por nosotr@s otra vez con oídos nuevos, es la historia maya de la creación.

Se cuenta que al principio de todo no había nada. L@s seres divin@s, l@s grandes pensadores, imaginaban el mundo ora que existencia simplemente diciendo su nombre. El mundo estaba poblado por ricas flora y fauna, que fueron llamadas para ser por palabras. Pero los seres divinos no estaban satisfechos. Entre los seres maravillosos que habían creado, ninguno era elocuente. Podían cantar y gritar y gruñir, pero ninguno tenía la voz para contar ni alabar la historia de su creación. Así que l@s dios@s se pusieron a hacer seres humanos.

Los primeros seres humanos fueron formados de barro por l@s dios@s. Pero l@s dios@s no quedaron muy content@s con el resultado. La gente no era hermosa, eran feos y mal formados. No podían hablar, apenas podían caminar y ciertamente no podían ni bailar ni cantar alabanzas. Eran tan frágiles, tan torpes y tan inadecuados que ni siquiera se podían reproducir, así que simplemente se derritieron con la lluvia.

Así que l@s dios@s intentaron de nuevo hacer buenas personas que pudieran dar respeto y alabanzas, que pudieran proveer y cuidar. Con este fin, tallaron un hombre de madera y una mujer de la médula de la caña. Oh, eran personas hermosas, ágiles y fuertes; podían hablar, bailar y cantar. También eran gente inteligente: aprendieron a utilizar a los otros seres, plantas y animales, para sus propios fines. Hicieron muchas cosas, granjas, cerámica, casas y redes para pescar. Como resultado de sus cuerpos finos y mentes finas y trabajo duro, estas personas se reprodujeron y poblaron el mundo, llenándolo con grandes números.

Pero después de un tiempo l@s dios@s que todo lo veían se dieron cuenta de que los corazones de estas personas estaban vacíos de compasión y amor. Podían cantar y hablar, pero sus palabras no tenían gratitud por los dones sagrados que habían recibido. Estas personas inteligentes no sabían dar las gracias ni del cuidado y, así, ponían en peligro de extinción el resto de la creación. L@s dios@s desearon ponerle fin a este experimento fallido de humanidad y entonces enviaron grandes catástrofes al mundo: enviaron una inundación, terremotos y, lo más importante, dieron rienda suelta a la represalia de otras especies. Los árboles, peces y arcilla que previamente eran mudos, se les dieron voces para expresar su dolor y rabia por la falta de respeto que les mostraban los humanos de madera. Los árboles se enfurecieron con los humanos por sus hachas afiladas, los venados por sus flechas, e hasta incluso las ollas hechas de barro se levantaban muy enojados por todas las veces que se les habían quemado descuidadamente. Todos los miembros de la creación que fueron maltratados se reunieron y destruyeron a la gente de madera en defensa propia.

Una vez más l@s dios@s trataron de hacer seres humanos, pero esta vez hechos puramente de luz, la energía sagrada del Sol. Estos humanos deslumbraban al verlos, siete veces el color del Sol, hermosos, inteligentes, y muy, muy poderosos. Sabían tanto que creían saberlo todo. En lugar de estar agradececidos con los creadores por los dones recibidos, creían que eran iguales a l@s diosas y dioses. L@s seres divin@s comprendieron el peligro que representaban estas personas hechas de luz y una vez más planearon su desaparición.

Y así, l@s dios@s trataron nuevamente de formar seres humanos que pudieran vivir en el hermoso mundo que habían creado, con respeto y gratitud y humildad. De dos canastas de maíz amarillo y blanco, amasaron una buena comida, la mezclaron con agua y formaron a la gente hecha de maíz. Se alimentaron con licor de maíz y oh! éstas eran buenas personas. Podían bailar y cantar y tenían palabras para contar historias y ofrecer oraciones. Sus corazones estaban llenos de compasión por el resto de la creación. Eran lo suficientemente sabi@s como para estar agradecid@s. L@s dios@s habían aprendido su lección, así que para proteger a la gente de maíz de la arrogancia abrumadora de sus predecesores, la gente hecha de luz, pusieron un velo ante los ojos del pueblo de maíz, nublando su visión como el aliento nubla un espejo. Estas personas de maíz son las que eran respetuosas y agradecidas con el mundo que las sustentaba y así, se convirtieron en las personas que fueron sustentadas sobre la Tierra.

De todos los materiales, ¿por qué la gente de maíz heredaría la Tierra, en vez de gente de barro, madera o luz? ¿Podría ser que la gente hecha de maíz sean seres transformados? Porque, ¿qué es el maíz, después de todo, sino la luz transformada por relación? El maíz le debe su existencia a los cuatro elementos: tierra, aire, fuego y agua. Y el maíz es el producto de la relación no sólo con el mundo físico, sino con la gente también. La planta sagrada de nuestro origen creó a la gente y la gente creó al maíz, una gran innovación agrícola de su antepasado teosinte. El maíz no puede existir si nosotr@s no lo sembramos y atendemos durante su crecimiento, nuestros seres se unen en una simbiosis obligada. De estos actos recíprocos de creación surgen los elementos que le faltaban a los demás intentos de crear una humanidad sostenible: la gratitud y la capacidad de reciprocidad.

He leído y amado este cuento como una especie de historia: un recordatorio de cómo, en épocas antiguas justo al borde del conocimiento, la gente estaba hecha de maíz y vivía felizmente para siempre. Pero en muchas de las maneras indígenas de saber, el tiempo no es un río, sino más bien un lago en donde el pasado, el presente y el futuro existen al mismo tiempo. Así, la creación es un proceso continuo, y el relato no es sólo historia, sino que también es profecía. ¿Ya nos hemos convertido en gente de maíz? ¿O todavía somos personas de madera? ¿Somos personas hechas de luz, esclavizadas por nuestro propio poder? ¿No estamos aún transformados por la relación con la Tierra?

Tal vez esta historia maya podría ser un manual del usuario para entender cómo nos convertimos en gente de maíz.

–Robin Wall Kimmerer de su libro Tejiendo Hierbadulce  [Dibujo de la ARTivista  Favianna Rodríguez]


The story of our relationship to the Earth is written more truthfully on the land than on the page. It lasts there. The land remembers what we said and what we did. Stories are among our most potent tools for restoring the land as well as our relationship to the land. We need to unearth the old stories that live in a place and begin to create new ones, for we are storymakers, not just storytellers. All stories are connected, new ones woven from the threads of the old. One of the ancestor stories, that waits for us to listen again with new ears, is the Mayan story of Creation.

It is said that in the beginning there was emptiness. The divine beings, the great thinkers, imagined the world into existence simply by saying its name. The world was populated by a rich flora and fauna, called into being by words. But the divine beings were not satisfied. Among the wonderful beings they had created, none were articulate. They could sing and squawk and growl, but none had the voice to tell the story of their creation nor praise it. So the gods set about to make humans.

The first humans, the gods shaped of mud. But the gods were none too happy with the result. The people were not beautiful; they were ugly and ill formed. They could not talk—they could barely walk and certainly could not dance or sing the praises of the gods. They were so crumbly and clumsy and inadequate that they could not even reproduce and just melted away in the rain.

So the gods tried again to make good people who would be givers of respect, givers of praise, providers and nurturers. To this end they carved a man from wood and a woman from the pith of a reed. Oh, these were beautiful people, lithe and strong; they could talk and dance and sing. Clever people, too: they learned to use the other beings, plants and animals, for their own purposes. They made many things, farms and pottery and houses, and nets to catch fish. As a result of their fine bodies and fine minds and hard work, these people reproduced and populated the world, filling it with their numbers.

But after a time the all-seeing gods realized that these people’s hearts were empty of compassion and love. They could sing and talk, but their words were without gratitude for the sacred gifts that they had received. These clever people did not know thanks or caring and so endangered the rest of the Creation.  The gods wished to end this failed experiment in humanity and so they sent great catastrophes to the world—they sent a flood, and earthquakes, and, most importantly, they loosed the retaliation of the other species. The previously mute trees and fish and clay were given voices for their grief and anger at the disrespect shown them by the humans made of wood. Trees raged against the humans for their sharp axes, the deer for their arrows, and even the pots made of earthen clay rose up in anger for the times they had carelessly burnt. All of the misused members of Creation rallied together and destroyed the people made of wood in self-defense.

Once again the gods tried to make human beings, but this time purely of light, the sacred energy of the Sun. These humans were dazzling to behold, seven times the color of the Sun, beautiful, smart, and very, very powerful. They knew so much that they believed they knew everything. Instead of being grateful to the creators for their gifts, they believed themselves to be the gods’ equals. The divine beings understood the danger posed by these people made of light and once more arranged for their demise.

And so the gods tried again to fashion humans who would live right in the beautiful world they had created, in respect and gratitude and humility. From two baskets of corn, yellow and white, they ground a fine meal, mixed it with water, and shaped a people made of corn. They were fed on corn liquor and oh these were good people. They could dance and sing and they had words to tell stories and offer up prayers. Their hearts were filled with compassion for the rest of Creation. They were wise enough to be grateful. The gods had learned their lesson, so to protect the corn people from the overpowering arrogance of their predecessors, the people made of light, they passed a veil before the eyes of the corn people, clouding their vision as breath clouds a mirror. These people of corn are the ones who were respectful and grateful for the world that sustained them—and so they were the people who were sustained upon the Earth.

Of all the materials, why is it that people of corn would inherit the earth, rather than people of mud or wood or light? Could it be that people made of corn are beings transformed? For what is corn, after all, but light transformed by relationship? Corn owes its existence to all four elements: earth, air, fire, and water. And corn is the product of relationship not only with the physical world, but with people too. The sacred plant of our origin created people, and people created corn, a great agricultural innovation from its teosinthe ancestor. Corn cannot exist without us to sow it and tend its growth; our beings are joined in an obligate symbiosis. From these reciprocal acts of creation arise the elements that were missing from the other attempts to create sustainable humanity: gratitude, and a capacity for reciprocity.

I’ve read and love this story as a history of sorts—a recounting of how, in long-ago times just at the edge of knowing, people were made of maize and lived happily ever after. But in many indigenous ways of knowing, time is not a  a river, but a lake in which the past, the present, and the future exist. Creation, then, is an ongoing process and the story is not history alone—it is also prophecy. Have we already become people of corn? Or are we still people made of wood? Are we people made of light, in thrall to our own power? Are we not yet transformed by relationship to Earth?

Perhaps this Mayan story could be a user’s manual for understanding how we become people of corn.

 

–Robin Wall Kimmerer from the her book Braiding Sweetgrass. [Drawing from the ARTivist  Favianna Rodríguez]

About pancho

To live in radical joyous shared servanthood to unify the Earth family.
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