La Revolución Es Un Arte / The Revolution Is An Art

–por Howard Zinn (Jun 15, 2017)

Parto de la suposición de que el mundo está patas arriba, que las cosas están completamente mal, que las personas erróneas están en la cárcel y las personas erróneas están fuera de la cárcel, que las personas erróneas están en el poder y que las personas erróneas esta fuera del poder, de que la riqueza está distribuida en este país y en el mundo de tal manera que no se requiere alguna pequeña reforma sino una drástica redistribución de la riqueza… Y nuestro tema está patas arriba: la desobediencia civil. Tan pronto uno dice que el tema es la desobediencia civil, están diciendo que nuestro problema es la desobediencia civil. Ése no es nuestro problema… Nuestro problema es la obediencia civil… Nuestro problema es que la gente es obediente en todo el mundo ante la pobreza, la hambruna y la estupidez, y la guerra y la crueldad. Nuestro problema es que la gente es obediente cuando las cárceles están llenas de rateros pequeños mientras que los grandes rateros están a cargo del país. Ése es nuestro problema. […]

Tener esperanza en tiempos difíciles no es sólo tontamente romántico. Está basado sobre el hecho de que la historia humana es una historia no sólo de crueldad, sino también de compasión, sacrificio, valentía, bondad. Lo que optemos por enfatizar en esta compleja historia determinará nuestras vidas. Si vemos sólo lo peor, eso destruye nuestra capacidad para actuar. Si recordamos esos tiempos y lugares, y hay muchos, donde la gente se ha comportado de manera magnífica, eso nos da la energía para actuar, y por lo menos la posibilidad de enviar este trompo de mundo a que gire en otra dirección. Y si actuamos, por más pequeña que sea la acción, no tenemos que esperar un gran futuro utópico. El futuro es una sucesión infinita de presentes, y vivir ahora tal como pensamos que deberían de vivir los seres humanos, en desafío de todo lo malo que nos rodea, es en sí un triunfo maravilloso. […]

El cambio revolucionario no llega como un momento cataclísmico (¡cuidado con tales momentos!), sino como una sucesión interminable de sorpresas, caminando de manera zigzagueante hacia una sociedad mas decente. No tenemos que participar en grandes acciones heroicas para participar en el proceso del cambio. Acciones pequeñas, multiplicadas por millones de personas, pueden transformar el mundo.

La palabra ‘anarquía’ perturba a la mayoría de la gente en el mundo occidental; sugiere desorden, violencia, incertidumbre. Tenemos buenas razones para tenerle miedo a estas condiciones, porque hemos estado viviendo en ellas por largo rato, no en sociedades anarquistas (nunca han existido), pero precisamente en esas sociedades más temerosas de la anarquía, los poderosos estados-nación de los tiempos modernos.

En ningún momento en la historia humana ha existido tal caos social. 50 millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial. Más de 1 millón de muertos en la parte del Planeta que llamamos Korea, 1 millón y medio millon en los lugares de la Tierra que llamamos Vietnam e Indonesia respectivamente, cientos de miles de muertos en las partes del Planeta que llamamos Nigeria y Mozambique. Un centenar de luchas políticas violentas en todo el mundo en 20 años después de la segunda guerra para ponerle fin a todas las guerras. Millones padecen hambre o están en prisiones o en instituciones psiquiátricas. Agitación interna simbolizada por enormes ejércitos, reservas de gas nervioso y almacenes de bombas de hidrógeno. Dondequiera que hombres, mujeres y niñ@s están apenas un poco conscientes del mundo fuera de sus fronteras locales, empiezan a vivri con la incertidumbre final: si la raza humana sobrevivirá o no en la siguiente generación. Son estas condiciones las que l@s anarquistas desean anular, para traer un tipo de orden al mundo por primera vez. Nunca l@s hemos escuchado atentamente, excepto a través de los audífonos suministrados por los guardianes del desorden: los líderes del gobierno nacional, ya sean capitalistas o socialistas.

El orden deseado por l@s anarquistas es diferente de la “ley y el orden” de los gobiernos nacionales. Ell@s quieren una formación voluntaria de las relaciones humanas, surgiendo de las necesidades de las personas. Tal orden viene desde dentro y, por ello, es natural. La gente se organiza de forma fácil, en lugar de ser forzada y empujada. Es como la forma dada por una artista, una forma agradable, a menudo agradable, a veces hermosa. Tiene la gracia de un acto voluntario y seguro.

La anarquista ve el cambio revolucionario como algo inmediato, algo que tenemos que hacer ahora mismo, donde estamos, donde vivimos, donde trabajamos. Implica empezar desde ahora mismo a deshacerse de las relaciones autoritarias y crueles, entre hombres y mujeres, entre padre e hijos, entre un tipo de trabajador y otro tipo. Tal acción revolucionaria no puede ser aplastada como una insurgencia armada. Ocurre en la vida cotidiana, en las esquinitas donde las manos poderosas pero torpes del poder estatal no pueden fácilmente alcanzar. No está centralizada o aislada, y por lo tanto no puede ser destruida por los ricos, la policía, los militares. Ocurre en 100 mil lugares al mismo tiempo, en familias, en las calles, en los barrios, en los lugares de trabajo. Suprimida en un lugar, reaparece en otro hasta que está en todas partes. Tal revolución es un arte. Eso es, requiere la valentía no sólo de la resistencia, sino de la imaginación.

–Howard Zinn. Selecciones escogidas de: 1)Discurso en un foro en Baltimore en 1970, al cual fue en lugar de presentarse ante un juez para ser sentenciado por un acto de desobediencia civil contra la guerra, y fue arrestado al regresar a Boston a dar su clase en la universidad). 2) No puedes ser neutral en un tren en movimiento. 3) “El arte de la revolución”, 1971, introducción al libro de Herbert Read Anarchy and Order. [Arte de arriba por Colleen Choi]


I start from the supposition that the world is topsy-turvy, that things are all wrong, that the wrong people are in jail and the wrong people are out of jail, that the wrong people are in power and the wrong people are out of power, that the wealth is distributed in this country and the world in such a way as not simply to require small reform but to require a drastic reallocation of wealth. I start from the supposition that we don’t have to say too much about this because all we have to do is think about the state of the world today and realize that things are all upside down. […]

And our topic is topsy-turvy: civil disobedience. As soon as you say the topic is civil disobedience, you are saying our problem is civil disobedience. That is not our problem…. Our problem is civil obedience. Our problem is the numbers of people all over the world who have obeyed the dictates of the leaders of their government and have gone to war, and millions have been killed because of this obedience. Our problem is that people are obedient all over the world, in the face of poverty and starvation and stupidity, and war and cruelty. Our problem is that people are obedient while the jails are full of petty thieves, and all the while the grand thieves are running the country. That’s our problem.  […]

To be hopeful in bad times is not just foolishly romantic. It is based on the fact that human history is a history not only of cruelty, but also of compassion, sacrifice, courage, kindness. What we choose to emphasize in this complex history will determine our lives. If we see only the worst, it destroys our capacity to do something. If we remember those times and places—and there are so many—where people have behaved magnificently, this gives us the energy to act, and at least the possibility of sending this spinning top of a world in a different direction. And if we do act, in however small a way, we don’t have to wait for some grand utopian future. The future is an infinite succession of presents, and to live now as we think human beings should live, in defiance of all that is bad around us, is itself a marvelous victory. […]

Revolutionary change does not come as one cataclysmic moment (beware of such moments!) but as an endless succession of surprises, moving zigzag toward a more decent society. We don’t have to engage in grand, heroic actions to participate in the process of change. Small acts, when multiplied by millions of people, can quietly become a power no government can suppress, a power that can transform the world. […]

The word anarchy unsettles most people in the Western world; it suggests disorder, violence, uncertainty. We have good reason for fearing those conditions, because we have been living with them for a long time, not in anarchist societies (there have never been any) but in exactly those societies most fearful of anarchy–the powerful nation-states of modern times.

At no time in human history has there been such social chaos. Fifty million dead in the Second World War. More than a million dead in the part of the Planet we call Korea, a million and half a million in the places of the Earth we call Vietnam and Indonesia respectively, hundreds of thousands dead in the parts of the Planet we call Nigeria and Mozambique. A hundred violent political struggles all over the world in twenty years following the second war to end all wars. Millions starving, or in prisons, or in mental institutions. Inner turmoil symbolized by huge armies, stores of nerve gas, and stockpiles of hydrogen bombs. Wherever men, women and children are even a bit conscious of the world outside their local borders, they have been living with the ultimate uncertainty: whether or not the human race itself will survive into the next generation. It is these conditions that the anarchists have wanted to end: to bring a kind of order to the world for the first time. We have never listened to them carefully, except through the hearing aids supplied by the guardians of disorder–the national government leaders, whether capitalist or socialist.

The order desired by anarchists is different from the “law and order” of national governments. They want a voluntary forming of human relations, arising out of the needs of people. Such an order comes from within, and so is natural. People flow into easy arrangements, rather than being pushed and forced. It is like the form given by the artist, a form congenial, often pleasing, sometimes beautiful. It has the grace of a voluntary, confident act.

The anarchist sees revolutionary change as something immediate, something we must do now, where we are, where we live, where we work. It means starting this moment to do away with authoritarian, cruel relationships—between men and women, between parents and children, between one kind of worker and another kind. Such revolutionary action cannot be crushed like an armed uprising. It takes place in everyday life, in the tiny crannies where the powerful but clumsy hands of state power cannot easily reach. It is not centralized and isolated, so that it can be wiped out by the rich, the police, the military. It takes place in a hundred thousand places at once, in families, on streets, in neighborhoods, in places of work. It is a revolution of the whole culture. Squelched in one place, it springs up in another, until it is everywhere. Such a revolution is an art. That is, it requires the courage not only of resistance, but of imagination.

–Howard Zinn. Excerpts from 1)Speech of his opening statement in the debate at Johns Hopkins in 1970, which he attended instead of appearing in court for a previous act of civil disobedience. He was arrested as soon as he came back to give his lecture at the University in Boston. 2)You Can’t Be Neutral on a Moving Train. 3) “The Art of Revolution”, 1971, introduction to Herbert Read’s book: Anarchy and Order. [The art above by Colleen Choi]

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About Pancho

To live in radical joyous shared servanthood to unify humanity.
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