Convertirse En Indígena De Un Lugar / Becoming Indigenous To A Place

–por Robin Wall Kimmerer  (Feb 24, 2017) [English below]

cent-freeVoy a sentarme con mi abuela la picea de Sitka para pensar. No soy de aquí, sólo soy una extraña que viene con agradecimiento y respeto y preguntas de cómo es que llegamos a pertenecer a un lugar. Y sin embargo ella me da la bienvenida, así como nos has dicho que los grandes árboles del oeste cuidaron del primer indígena. Incluso mientras me siento en su sombra quieta, mis pensamientos están todos enredados. Al igual que mis abuel@s que vinieron antes de mí, quiero imaginar una forma en la que una sociedad de inmigrantes pueda convertirse en indígena del lugar, pero me estoy tropezando con las palabras. Por definición, l@s inmigrantes no pueden ser indígenas. Indígena es una palabra y derecho obtenidas al nacer. Ninguna cantidad de tiempo o de cuidado cambia la historia o sustituye la fusión de alma-profunda con la tierra. Pero si las personas no se sienten “indígenas”, ¿pueden, sin embargo, entrar en la profunda reciprocidad que renueva el mundo? ¿Es esto algo que se puede aprender? ¿Dónde están l@s maestr@s? Estoy recordando las palabras del abuelo Henry Lickers: “Sabes, vinieron aquí pensando que se enriquecerían trabajando en la tierra. Así que cavaron sus minas y cortaron los árboles. Pero la tierra es la que tiene el poder, mientras trabajaban en la tierra, la tierra estaba trabajando en ellos. Enseñándoles.

Me siento mucho tiempo y con el tiempo el sonido del viento en las ramas de la abuela Sitka, se lleva las palabras y me pierdo en sólo escuchar -la voz crujiente de los laureles, el parloteo de los alisos, los susurros de los liquenes. Tengo que ser recordada que las plantas son nuestras maestras más viejas.

Me levanto de mi rincón de hojas suaves entre las raíces de la abuela y camino de regreso a la vereda, donde me paro súbitamente. Deslampareada por mis nuev@s vecin@s (abetos gigantes, helechos de espada y bayas salal) no me fijé que había pasado por desapercibido a un viejo amigo. Me da vergüenza no haberle saludado antes. Desde la costa este hasta el borde del oeste, él había caminado hasta aquí. Nuestra gente tiene un nombre para esta planta de hoja redonda:”el paso del hombre blanco”.

Es sólo un círculo bajo de hojas, presionado cerca del suelo sin el tronco que se pueda decir, llegó con los primeros colonos y los siguió a dondequiera que fueran. Trotaba a lo largo de caminos por los bosques, por caminos de carreteras y ferrocarriles, como un perro fiel para estar cerca de ellos. El biólogo Linnaeus lo llamó plantago major, el llantén común. Su epíteto Plantago que viene del latín se refiere a la planta de un pie.

Al principio, los pueblos originarios desconfiaban de una planta que venía dejando la estela de tantos problemas. Pero los pueblos indígenas sabían que todas las cosas tienen un propósito y que no debemos interferir en su cumplimiento. Cuando quedó claro que  “el paso del hombre blanco” se quedaría en la Isla de la Tortuga (Abya Yala), comenzaron a aprender de sus dones. En primavera hace una buena sopa de verduras, antes de que el calor del verano haga las hojas tiesas. La gente se alegró por su presencia constante cuando se enteró de que si las hojas se enrollan o mastican para crear un emplasto, se convierten en un buen recurso de primeros auxilios para cortadas, quemaduras y especialmente las picaduras de insectos. Cada parte de la planta es útil. Esas pequeñas semillas son una buena medicina para la digestión. Las hojas pueden detener una hemorragia de inmediato y sanar heridas sin infección.

Esta planta sabia y generosa, siguiendo fielmente a la gente, se convirtió en un miembro honorable de la comunidad de plantas. Es un extranjero, un inmigrante, pero después de quinientos años de vivir como un buen vecino, el pueblo se olvida de ese tipo de cosas.

Nuestras maestras de plantas inmigrantes ofrecen muchos modelos diferentes de cómo no ser bienvenidos en un nuevo continente. La mostaza de ajo envenena el suelo para que las especies indígenas mueran. El tamarisco utiliza toda el agua. Los invasores extranjeros como salicaria, kudzu, y pasto bromus tectorum tienen la costumbre colonizadora de apropiarse de los hogares de otros y crecer sin tener en cuenta ningún límite. Pero el llantén no es así. Su estrategia fue la de ser útil, establecerse en lugares pequeños, coexistir con otros alrededor de la puerta del járdín, curar heridas. El llantén es tan frecuente y tan bien integrado, que pensamos de él como indígena. Se ha ganado el nombre otorgado por l@s botánic@s para las que se han convertido en nuestras propias plantas. El llantén no es indígena sino “naturalizado”. […]

Tal vez la tarea asignada a los las personas no indígenas sea el de desaprender el modelo de kudzu y seguir las enseñanzas del “paso del hombre blanco”, esforzarse para naturalizarse a un lugar, para desechar la mentalidad del inmigrante. Ser naturalizad@ en un lugar, significa vivir como si esta fuese la tierra que te alimenta, como si estas corrientes fuesen el agua de la que bebes, que nutren tu cuerpo y que llenan tu espíritu. Ser naturalizad@ es saber que tus ancestros se encuentran en esta tierra. Aquí vas a dar tus regalos y cumplirás con tus responsabilidades. Ser naturalizad@ es vivir como si el futuro de tus hij@s fuese importante, cuidar la tierra como si nuestras vidas y las vidas de todos nuestros familiares dependieran de ella. Porque si lo es.

A medida que el tiempo gira en torno a sí mismo de nuevo, ahora tal vez “el paso del hombre blanco” está siguiendo los pasos del primer indígena. Quizás el llantén alineará el camino hacia el hogar. Nosotr@s podríamos seguirle. “El paso del hombre blanco”, generoso y curativo, crece con sus hojas tan cerca del suelo que cada paso es un saludo a la Madre Tierra. […]

Convertirse en indígena de un lugar es hacer crecer el círculo de curación para incluir a toda la Creación.

–Robin Wall Kimmerer de su libro Tejiendo Hierbadulce [Ilustración ofrecida como un regalo anónimo :-)]


I go to sit with my Sitka Spruce grandmother to think. I am not from here, just a stranger who comes with gratitude and respect and questions of how it is we come to belong to a place. And yet she makes me welcome, just as we are told the big trees of the west kindly looked after the first human being. Even as I sit in her still shadow, my thoughts are all tangled. Like my elders before me, I want to envision a way that an immigrant society could become indigenous to place, but I’m stumbling on the words. Immigrants cannot by definition be indigenous. Indigenous is a birthright word. No amount of time or caring changes history or substitutes for soul-deep fusion with the land. But if people do not feel “indigenous,” can they nevertheless enter into the deep reciprocity that renews the world? Is this something that can be learned? Where are the teachers? I’m remembering the words of elder Henry Lickers: “You know, they came here thinking they’d get rich by working on the land. So they dug their mines and cut down the trees. But the land is the one with the power—while they were working on the land, the land was working on them. Teaching them.”

I sit a long time and eventually the sound of the wind in Grandmother Sitka’s branches washes words away and I lose myself in just listening—to the crisp voice of laurels, the chatter of alders, the whispers of lichens. I have to be reminded that the plants are our oldest teachers.

I get up from my needle-soft nook between Grandmother’s roots and walk back to the trail, where I am stopped in my tracks. Bedazzled by my new neighbors—giant firs, sword fern, and salal—I had passed by an old friend without recognition. I’m embarrassed to not have greeted him before. From the east coast to the edge of the west, he had walked here. Our people have a name for this round-leafed plant: White Man’s Footstep.

Just a low circle of leaves, pressed close to the ground with no stem to speak of, it arrived with the first settlers and followed them everywhere they went. It trotted along paths through the woods, along wagon roads and railroads, like a faithful dog so as to be near them. Linnaeus called it Plantago major, the common plantain. Its Latin epithet Plantago refers to the sole of a foot.

At first the Native people were distrustful of a plant that came with so much trouble trailing behind. But indigenous people knew that all things have a purpose and that we must not interfere with its fulfillment. When it became clear that White Man’s Footstep would be staying on Turtle Island (Abya Yala), they began to learn about its gifts. In spring it makes a good pot of greens, before summer heat turns the leaves tough. The people became glad for its constant presence when they learned that the leaves, when they are rolled or chewed to a poultice, make a fine first aid for cuts, burns, and especially insect bites. Every part of the plant is useful. Those tiny seeds are good medicine for digestion. The leaves can halt bleeding right away and heal wounds without infection.

This wise and generous plant, faithfully following the people, became an honored member of the plant community. It’s a foreigner, an immigrant, but after five hundred years of living as a good neighbor, people forget that kind of thing.

Our immigrant plant teachers offer a lot of different models for how not to make themselves welcome on a new continent. Garlic mustard poisons the soil so that native species will die. Tamarisk uses up all the water. Foreign invaders like loosestrife, kudzu, and cheat grass have the colonizing habit of taking over others’ homes and growing without regard to limits. But Plantain is not like that. Its strategy was to be useful, to fit into small places, to coexist with others around the dooryard, to heal wounds. Plantain is so prevalent, so well integrated, that we think of it as native. It has earned the name bestowed by botanists for plants that have become our own. Plantain is not indigenous but “naturalized.” […]

Maybe the task assigned to not indigenous people is to unlearn the model of kudzu and follow the teachings of White Man’s Footstep, to strive to become naturalized to place, to throw off the mind-set of the immigrant. Being naturalized to place means to live as if this is the land that feeds you, as if these are the streams from which you drink, that build your body and fill your spirit. To become naturalized is to know that your ancestors lie in this ground. Here you will give your gifts and meet your responsibilities. To become naturalized is to live as if your children’s future matters, to take care of the land as if our lives and the lives of all our relatives depend on it. Because they do.

As time circles around on itself again, maybe White Man’s Footstep is following in first Native People’s. Perhaps Plantain will line the homeward path. We could follow. White Man’s Footstep, generous and healing, grows with its leaves so close to the ground that each step is a greeting to Mother Earth. […]

To become indigenous to a place is to grow the circle of healing to include all of Creation.

–Robin Wall Kimmerer from the her book Braiding Sweetgrass [Illustration offered as an anonymous gift :-)]

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About Pancho

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