La Sabiduría de los Nogales / The Wisdom of Pecan Trees

–por Robin Wall Kimmerer  (Sep 30, 2016) [English below]

pecanL@s niñ@s, el idioma, las tierras: casi todo nos fue despojado, robado cuando no estabas mirando porque estabas tratando de sobrevivir. En vista de esta pérdida, una cosa que nuestra gente no podía sucumbir era sobre el significado de la tierra.  En la mente de los colonizadores, la tierra era propiedad, bienes raíces, capital o  recursos naturales. Pero, para nuestro pueblo, lo era todo: la identidad, la conexión con nuestr@s antepasad@s, el hogar de nuestra gente y familia no humana, nuestra farmacia, nuestra biblioteca, la fuente de todo lo que nos sostenía. Nuestras tierras eran donde se promulgaba nuestra responsabilidad con el mundo, suelo sagrado. Pertenecía a sí misma; era un regalo, no una mercancía, así que nunca podía ser comprada o vendida. Estos son los significados que las personas se llevaron con ell@s cuando se les forzó dejar sus antiguas tierras de origen para ir a nuevos lugares. Ya sea en sus tierras de origen o forzad@s a vivir en lugares nuevos, la tierra que se tenía en común le daba fortaleza al pueblo; le daba a la gente una razón por la cual luchar. Y así, en la perspectiva del gobierno federal [impuesto en la parte del Planeta que llamamos Estados Unidos], esta creencia era una amenaza. […]

Siempre hemos sabido que las plantas y los animales forman sus propios consejos y un idioma común. Los árboles, sobre todo, les reconocemos como nuestr@s maestr@s. Pero parece que, en ese verano, nadie escuchó cuando los nogales nos aconsejaron: “Quédense junt@s, actúen como uno solo. Nosotros, los nogales hemos aprendido que en la unidad hay fuerza, que el individuo aislado puede ser agarrado tan fácilmente como el árbol que da fruto fuera de temporada.” Las enseñanzas de los nogales no fueron oídas, ni se les prestó atención. […]

Los árboles de nuez y sus parientes muestran una capacidad para la acción coordinada, para la unidad de propósito que trasciende los árboles individuales. De alguna manera se aseguran de que todos estén juntos y así, sobreviven. Cómo lo hacen, sigue sin entenderse. Existe evidencia de que ciertas señales del medio ambiente pueden desencadenar que los árboles den fruto al mismo tiempo, como lo puede ser una primavera particularmente húmeda o una temporada larga de crecimiento. Estas condiciones físicas favorables ayudan a que todos los árboles alcancen un excedente de energía que se puede usar en crear nueces. Pero dadas las diferencias de cada hábitat, parece poco probable que por sí solo el medio ambiente pueda ser la clave de esta sincronía.

Nuestr@s ancian@s dicen que en los viejos tiempos los árboles se hablaban entre sí. Formaban su propio consejo y elaboraban un plan de acción. Sin embargo, algunos científicos decidieron, hace mucho tiempo, que las plantas eran sordas y mudas, encerradas en aislamiento y sin comunicación. La posibilidad de que pudiesen tener algún tipo de conversación fue descartada inmediatamente. La ciencia pretende ser puramente racional, completamente neutral, un sistema que crea conocimiento en el que la observación es independiente del observador. Y sin embargo, la conclusión a la que se llegó fue que las plantas no se pueden comunicar porque carecen de los mecanismos que los animales utilizan para hablar. El potencial de las plantas se observaba meramente a través del lente de la capacidad animal. Hasta hace muy poco tiempo nadie, en la comunidad científica, exploró seriamente la posibilidad de que las plantas pueden “hablar” entre ellas. Pero el polen ha sido llevado fiablemente por el viento durante millones de años y así los machos se comunican con las hembras receptivas para que ellas puedan crear esas mismas nueces. Si al viento se le puede confiar con esta responsabilidad fecunda, ¿por qué no con mensajes?

Ahora hay pruebas convincentes de que nuestr@s abuel@s tenían razón: los árboles están hablándose entre ellos. Se comunican a través de feromonas (que son como compuestos similares a las hormonas que se escabullen en la brisa, cargadas con significado). L@s científic@s han identificado compuestos específicos que un árbol generará cuando está bajo la presión de algún ataque de insectos como algún tipo de polillas comiendo sus hojas o algún tipo de escarabajos debajo de su corteza. El árbol envía una llamada de alarma: “¡Ey! ¡Amig@s de por allá! Estoy aquí bajo ataque. Consideren quitar el puente levadizo y ármense para protegerse de lo que les viene.” Los árboles en la dirección del viento recogen el mensaje, al sentir esas pocas moléculas de alarma, ese soplo de peligro. Esto les da tiempo para fabricar compuestos químicos para protegerse. Árbol prevenido vale por dos. Los árboles se advierten entre sí y los invasores son repelidos. Se benefician tanto a los individuos así como a toda la arboleda. Los árboles parecen estar hablando de una defensa mutua.¿También podrán comunicarse para sincronizar la producción masiva de nueces? Hay tanto de lo que aún no podemos percibir con nuestra limitada capacidad humana. Las conversaciones de los árboles todavía están muy por encima del entendimiento de nuestras mentes.

Algunos estudios sobre la creación masiva de nueces han sugerido que el mecanismo de sincronía no viene a través del aire, sino de manera subterránea. Los árboles en un bosque a menudo están interconectados por redes subterráneas de micorrizas, que son hebras de hongos que habitan en las raíces de los árboles. La simbiosis de micorriza permite que los hongos busquen nutrientes minerales del suelo y los entrega al árbol a cambio de carbohidratos. La micorriza puede formar puentes de hongos entre árbol y árbol, de modo que todos los árboles en un bosque están conectados. Estas redes de hongos parecen que redistribuyen la riqueza de carbohidratos de árbol en árbol. Es como una especie de Robin Hood, que toma de los ricos para dárselo a los pobres para que todos los árboles lleguen al mismo excedente de carbono al mismo tiempo. Tejen una red de reciprocidad, de dar y recibir. De esta manera, todos los árboles actúan como uno sólo porque los hongos los han conectado. A través de la unidad, la supervivencia. Todo el florecimiento es mutuo. El suelo, los hongos, el árbol, la ardilla, el niño: tod@s son l@s beneficiari@s de la reciprocidad.

Qué generosamente nos bañan con alimentos, dándose a sí mismos, literalmente, para que podamos vivir. Pero en el dar sus vidas también están asegurados. Nuestro tomar les devuelve beneficios en el círculo de la vida haciendo vida, la cadena de reciprocidad. Vivir de acuerdo con los preceptos de la Cosecha Honorable (tomar sólo lo que es dado, usarlo bien, estar agradecid@ por el regalo y corresponder el regalo), es fácil en una arboleda de nogales. Reciprocamos el regalo al cuidar de la arboleda, al  protegerla de cualquier daño, al plantar las semillas para que las nuevas arboledas den sombra en la pradera y alimenten a las ardillas.

–Robin Wall Kimmerer de su libro Tejiendo Hierbadulce [Ilustración ofrecida como un regalo anónimo :-)]


Children, language, lands: almost everything was stripped away, stolen when you weren’t looking because you were trying to stay alive. In the face of such loss, one thing our people could not surrender was the meaning of land. In the settler mind, land was property, real estate, capital, or natural resources. But to our people, it was everything: identity, the connection to our ancestors, the home of our nonhuman kin- folk, our pharmacy, our library, the source of all that sustained us. Our lands were where our responsibility to the world was enacted, sacred ground. It belonged to itself; it was a gift, not a commodity, so it could never be bought or sold. These are the meanings people took with them when they were forced from their ancient homelands to new places. Whether it was their homeland or the new land forced upon them, land held in common gave people strength; it gave them something to fight for. And so—in the eyes of the federal government [imposed in the part of the Planet we call the U.S.] —that belief was a threat. […]

We have always known that the plants and animals have their own councils, and a common language. The trees, especially, we recognize as our teachers. But it seems no one listened that summer when the Pecans counseled: Stick together, act as one. We Pecans have learned that there is strength in unity, that the lone individual can be picked off as easily as the tree that has fruited out of season.” The teachings of Pecans were not heard, or heeded. […]

The pecan trees and their kin show a capacity for concerted action, for unity of purpose that transcends the individual trees. They ensure somehow that all stand together and thus survive. How they do so is still elusive. There is some evidence that certain cues from the environment may trigger fruiting, like a particularly wet Spring or a long growing season. These favorable physical conditions help all the trees achieve an energy surplus that they can spend on nuts. But, given the individual differences in habitat, it seems unlikely that environment alone could be the key to synchrony.

In the old times, our elders say, the trees talked to each other. They’d stand in their own council and craft a plan. But some scientists decided, long ago, that plants were deaf and mute, locked in isolation without communication. The possibility of conversation was summarily dismissed. Science pretends to be purely rational, completely neutral, a system of knowledge-making in which the observation is independent of the observer. And yet the conclusion was drawn that plants cannot communicate because they lack the mechanisms that animals use to speak. The potentials for plants were seen purely through the lens of animal capacity. Until quite recently no one, in the scientific community, seriously explored the possibility that plants might “speak” to one another. But pollen has been carried reliably on the wind for eons, communicated by males to receptive females to make those very nuts. If the wind can be trusted with that fecund responsibility, why not with messages?

There is now compelling evidence that our elders were right—the trees are talking to one another. They communicate via pheromones, hormone-like compounds that are wafted on the breeze, laden with meaning. Scientists have identified specific compounds that one tree will release when it is under the stress of insect attack—gypsy moths gorging on its leaves or bark beetles under its skin. The tree sends out a distress call: “Hey, you guys over there? I’m under attack here. You might want to raise the drawbridge and arm yourselves for what is coming your way.” The downwind trees catch the drift, sensing those few molecules of alarm, the whiff of danger. This gives them time to manufacture defensive chemicals. Forewarned is forearmed. The trees warn each other and the invaders are repelled. The individual benefits, and so does the entire grove. Trees appear to be talking about mutual defense. Could they also communicate to synchronize masting? There is so much we cannot yet sense with our limited human capacity. Tree conversations are still far above our heads.

Some studies of mast-fruiting have suggested that the mechanism for synchrony comes not through the air, but underground. The trees in a forest are often interconnected by subterranean networks of mycorrhizae, fungal strands that inhabit tree roots. The mycorrhizal symbiosis enables the fungi to forage for mineral nutrients in the soil and deliver them to the tree in exchange for carbohydrates. The mycorrhizae may form fungal bridges between individual trees, so that all the trees in a forest are connected. These fungal networks appear to redistribute the wealth of carbohydrates from tree to tree. A kind of Robin Hood, they take from the rich and give to the poor so that all the trees arrive at the same carbon surplus at the same time. They weave a web of reciprocity, of giving and taking. In this way, the trees all act as one because the fungi have connected them. Through unity, survival. All flourishing is mutual. Soil, fungus, tree, squirrel, boy—all are the beneficiaries of reciprocity.

How generously they shower us with food, literally giving themselves so that we can live. But in the giving their lives are also ensured. Our taking returns benefit to them in the circle of life making life, the chain of reciprocity. Living by the precepts of the Honorable Harvest—to take only what is given, to use it well, to be grateful for the gift, and to reciprocate the gift—is easy in a pecan grove. We reciprocate the gift by taking care of the grove, protecting it from harm, planting seeds so that new groves will shade the prairie and feed the squirrels.

–Robin Wall Kimmerer from the her book Braiding Sweetgrass [Illustration offered as an anonymous gift :-)]

About Pancho

To live in radical joyous shared servanthood to unify humanity.
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